Ali a través de la magia

Historias Ilustradas

La Casa del Silencio

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Ali llegó a un pequeño pueblo envuelto en una calma tan densa que se podía sentir en la piel. No era el silencio de la ausencia, sino el de la espera. Caminó por calles empedradas hasta que sus pasos se detuvieron ante una estructura inusual que se alzaba en el centro de la plaza. Era una construcción de piedra lisa, alta y circular, que carecía por completo de puertas o ventanas. Era un bloque sólido, una interrupción en el paisaje.

Página del libro de cuento con una imagen
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Mientras Ali rodeaba la estructura buscando una entrada, un anciano sentado a la sombra de un olivo cercano lo observó con una sonrisa tenue. El anciano tenía las manos entrelazadas sobre un bastón de madera clara. Ali se acercó y, con respeto, preguntó cómo se entraba en aquel lugar. El hombre no se movió, solo señaló un pequeño espacio entre dos grandes piedras, apenas lo suficientemente ancho para que pasara una persona.

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—Esta es la Casa del Silencio —dijo el anciano, cuyo nombre era Malik—. Pero antes de entrar, debes saber algo importante: dentro no hay nada que tú mismo no traigas. Si entras con miedo, encontrarás sombras; si entras con paz, encontrarás luz. La casa no ofrece nada, solo devuelve lo que recibe. Ali asintió, aunque no comprendía del todo el peso de aquellas palabras.

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Ali se deslizó por la estrecha abertura. Al principio, la oscuridad fue total, pero sus ojos se acostumbraron pronto a una penumbra suave que parecía emanar de las mismas paredes. No había muebles, ni cuadros, ni distracciones. Solo el aire fresco y una quietud absoluta. Ali se sentó en el suelo, cruzó las piernas y cerró los ojos, esperando que algo sucediera, que la casa le revelara algún secreto místico.

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En lugar de calma, lo primero que encontró Ali fue ruido. Su mente empezó a gritar: recordó conversaciones pasadas, planes para el futuro, dudas sobre su viaje y una canción molesta que no podía olvidar. El silencio de la casa actuaba como un espejo sonoro, amplificando cada pensamiento, cada pequeña preocupación que solía ignorar en el bullicio del mundo exterior. Se sintió abrumado y quiso salir.

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Sin embargo, decidió quedarse. Respiró profundamente y dejó que el ruido fluyera. Poco a poco, como el polvo que se asienta después de una tormenta, sus pensamientos se calmaron. La urgencia desapareció. En ese espacio vacío, Ali sintió por primera vez una presencia tranquila. No era alguien más, era él mismo, pero una versión de sí mismo que nunca se detenía a escuchar. La casa no lo estaba cambiando; simplemente le estaba quitando el velo del ruido.

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Pasaron las horas, o quizás minutos; el tiempo allí dentro no tenía la misma medida. Ali experimentó una claridad que nunca antes había conocido. Comprendió que la mayoría de sus búsquedas externas eran intentos de llenar un vacío que solo podía entenderse en la quietud. Cuando finalmente decidió salir, se sintió más ligero, como si hubiera dejado una carga invisible entre aquellas paredes de piedra.

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Al salir al aire libre, encontró a Malik todavía sentado bajo el olivo. El sol comenzaba a ocultarse, tiñendo el pueblo de tonos naranjas. —¿Por qué no tiene puertas? —preguntó Ali—. Si es un lugar tan valioso, ¿por qué dejarlo tan abierto y a la vez tan oculto? Malik se rió entre dientes. —Si tuviera puertas, la gente pasaría la vida buscando las llaves fuera. Al no tenerlas, entienden que el acceso siempre ha estado ahí, esperando a que decidan entrar.

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—Esta casa es solo un recordatorio —continuó el anciano—. No necesitas viajar hasta este pueblo para encontrarla. Es un espacio interno al que todos pueden acceder si aprenden a callar lo suficiente. No busques cerraduras en el mundo, Ali, porque no hay nada que te impida entrar en tu propio silencio, salvo tu propio ruido. Ali miró la estructura una última vez, comprendiendo que ya no era un edificio extraño, sino un símbolo de su propia mente.

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Una figura conocida apareció al final de la calle. Era Ámina, quien lo esperaba para continuar el camino. —¿Has encontrado lo que buscabas? —preguntó ella con un brillo cómplice en los ojos. Ali sonrió y comenzó a caminar a su lado. —He encontrado que no me faltaba nada —respondió él. Ámina asintió suavemente. —Recuerda siempre —dijo ella— que las historias y los lugares solo señalan el camino. El camino mismo debes ser tú.

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