Ali a través de la magia

Historias Ilustradas

El Alba y la Corriente

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Ámina despertó cuando el sol todavía era una promesa pálida tras las colinas. Le gustaba el silencio del alba, ese momento en que el mundo parece un lienzo recién lavado. Se calzó sus botas y salió a caminar, sintiendo que el aire fresco le contaba secretos que solo se escuchan cuando uno está verdaderamente atento.

Página del libro de cuento con una imagen
Página del libro de cuento con una imagen

Al llegar al arroyo, Ámina se detuvo. El agua corría con una prisa alegre, sorteando piedras y raíces. Observó cómo una hoja caída navegaba sin esfuerzo, dejándose llevar por la corriente. "El agua nunca se detiene", pensó ella, "y sin embargo, siempre parece estar en paz en su movimiento".

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Más allá del arroyo, se abría un campo infinito de flores silvestres. Había flores que ya habían abierto sus pétalos al máximo, otras que empezaban a marchitarse y muchos capullos cerrados que aguardaban su turno. Ámina comprendió que el campo no tenía prisa; cada flor sabía exactamente cuándo le tocaba brillar.

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Bajo la sombra de un sauce llorón, Ámina vio a un niño que no había estado allí antes. Se llamaba Zaid. Tenía una expresión serena y ojos que parecían haber visto pasar muchas estaciones. No hablaba, pero su presencia era tan cálida como un rayo de sol de mediodía.

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Zaid extendió su mano y, con un gesto lento, dejó caer algo en la palma de Ámina. Era una semilla pequeña, oscura y aparentemente insignificante. "Cuídala", pareció decir su mirada, "pues lo que crece despacio es lo que tiene las raíces más fuertes".

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De regreso en su casa, Ámina buscó una maceta de barro y la llenó con tierra fértil. Enterró la semilla de Zaid con cuidado, como si estuviera guardando un tesoro. Al principio, Ámina la miraba cada hora, esperando ver un cambio inmediato, pero la tierra permanecía silenciosa y oscura.

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Pasaron los días y las semanas. Ámina aprendió que no podía obligar a la semilla a brotar. En esa espera, empezó a notar que ella también estaba cambiando. Su impaciencia habitual se transformaba en una observación tranquila. Entendió que, al igual que la semilla, sus propios sueños necesitaban tiempo para fortalecerse antes de salir a la luz.

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Una mañana, un punto verde casi invisible rompió la superficie de la tierra. Ámina sintió una alegría eléctrica recorriendo su pecho. No era una explosión, sino un susurro de vida. El crecimiento era real, aunque hubiera ocurrido en la oscuridad donde ella no podía verlo.

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Finalmente, la planta floreció. No era la flor más grande del mundo, pero tenía un brillo propio y un aroma que recordaba al campo y al arroyo. Ámina se dio cuenta de que su propio interior también había florecido; ahora tenía la paciencia de las montañas y la claridad del agua limpia.

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Ámina volvió al campo de flores, llevando consigo la lección de la semilla. Buscó a Zaid, pero no lo encontró; solo quedaba el sauce y el murmullo del arroyo. Comprendió que el niño misterioso era parte del ciclo, un recordatorio de que la vida siempre nos da lo que necesitamos para florecer a nuestro propio ritmo.

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