Ali a través de la magia

Historias Ilustradas

La Sombra Inquieta

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Ámina caminaba sobre dunas que brillaban como la luna. El desierto de plata no tenía fin, y el silencio era tan denso que podía escucharse el latido de su propio corazón. Cada paso que daba dejaba una huella luminosa, pero sentía que no estaba sola en aquella inmensidad de metal y sueño.

Página del libro de cuento con una imagen
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De repente, su propia sombra se separó de sus pies. No era una sombra normal; tenía volumen y ojos que destellaban con una luz gélida. Era otra Ámina, una copia exacta pero distorsionada, cuyos bordes vibraban como si estuviera hecha de humo negro y electricidad.

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Ámina aceleró el paso, pero el Reflejo Inquieto la seguía de cerca. Con cada gramo de miedo que sentía la niña, el reflejo se volvía más alto y más extraño. Sus extremidades se alargaban como cera derretida, transformándose en algo que ya no parecía humano.

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El desierto empezó a reaccionar al pánico de Ámina. Las dunas se convirtieron en manos gigantes de arena que intentaban atraparla, y el cielo se volvió de un violeta profundo. Ámina corría con el aliento quemándole el pecho, sintiendo el aliento frío del Reflejo en su nuca.

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El Reflejo se transformó en una criatura de mil rostros, todos con la expresión de terror de Ámina. Se alimentaba de su angustia, creciendo hasta oscurecer las estrellas. El monstruo no era un extraño; era todo aquello que Ámina temía de sí misma, manifestado en la oscuridad.

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Agotada y sin fuerzas para seguir huyendo, Ámina tropezó y cayó sobre la arena fría. Se dio cuenta de que mientras más corría, más fuerte se volvía la criatura. Se sentó, cerró los ojos y decidió dejar de luchar contra el viento de su propia mente.

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Cuando abrió los ojos, el Reflejo Inquieto estaba justo frente a ella, cerniéndose como una torre de sombras. Pero Ámina ya no sintió el impulso de huir. Miró a la criatura a los ojos y, por primera vez, vio la profunda tristeza que se escondía tras los dientes afilados.

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"Tú eres parte de mí", susurró Ámina con una voz que no temblaba. Extendió una mano hacia la figura oscura, no para defenderse, sino para invitarla a acercarse. El Reflejo se detuvo en seco y su forma errática empezó a suavizarse, perdiendo sus bordes afilados.

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Al contacto con los dedos de Ámina, el Reflejo dejó de ser humo y miedo. Hubo un destello de luz líquida y la figura se deshizo por completo, convirtiéndose en una cascada de agua pura y cristalina que empapó la arena plateada y sedienta.

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Donde antes hubo un monstruo, ahora nacía un pequeño oasis de paz. Ámina bebió del agua fresca, entendiendo que sus sombras no estaban allí para cazarla, sino para ser aceptadas. El desierto de plata ya no parecía un lugar hostil, sino un lienzo lleno de posibilidades.

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